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Cuando el arquitecto deja de llegar a casa.

9 sept
5 min de lectura

Actualizado: 15 sept

La extraña facilidad con la que podemos construir para otros mientras descuidamos lo que estamos construyendo con alguien.


Hay una mentira que quienes vivimos de la arquitectura podemos llegar a contarnos con mucha facilidad: "Estoy haciendo todo esto por nosotros." Y probablemente sea verdad.


El problema es que nuestra pareja puede estar viviendo una verdad completamente distinta: "Ya nunca estás conmigo, con nosotros".

Las dos pueden ser ciertas al mismo tiempo.

La arquitectura es una profesión extraña. Difícilmente termina cuando cerramos AutoCAD, apagamos la computadora o salimos de una obra.


El arquitecto deja de llegar a casa mucho antes de estar ausente.


Nos llevamos los proyectos a casa. Nos llevamos el presupuesto que no cuadra, el proveedor que no llegó, el contratista que falló, el cliente que no ha pagado, la solución constructiva que todavía no encontramos, el detalle que puede salir mal mañana, la llamada pendiente, la siguiente obra que necesitamos conseguir.

A veces incluso nos llevamos problemas que todavía no existen, y podemos estar físicamente sentados frente a la persona que amamos mientras mentalmente seguimos en otro lugar.


Estamos, pero no estamos.


Y quizá sea justamente ahí cuando el arquitecto deja de llegar a casa: no necesariamente cuando trabaja hasta tarde o pasa más horas en la obra, sino cuando finalmente vuelve y una parte de él sigue estando en otro sitio.


La peligrosa idea de "estoy construyendo nuestro futuro".


Quizá una de las ironías de ser arquitecto es que estamos entrenados para imaginar cosas que todavía no existen.


Vemos un terreno y pensamos en una casa.

Vemos una planta y pensamos en cómo se va a habitar.

Vemos una estructura a medias y podemos imaginarla terminada.

Vivimos proyectando.


Y podemos hacer exactamente lo mismo con nuestra vida.


Trabajamos más. Aceptamos otro proyecto. Contestamos esa llamada durante la cena. Abrimos la computadora el domingo. Cancelamos una salida porque hay una entrega. Posponemos una conversación porque "esta semana está imposible".


Y dentro de nuestra cabeza puede existir una explicación perfectamente coherente:

Estoy haciendo esto por nuestro futuro.


Por la casa. Por ese viaje. Por la estabilidad. Por los proyectos. Por la vida que queremos construir.


Pero existe un problema enorme: la otra persona no puede habitar un proyecto que sólo existe dentro de nuestra cabeza.


Podemos estar construyendo mentalmente un futuro compartido mientras dejamos sola a la persona con quien supuestamente queremos compartirlo.


Un futuro compartido que nunca se conversa, mientras el presente se vive en soledad, puede dejar de sentirse compartido.


Resolver no siempre significa acompañar.


Hay otra deformación profesional que me parece todavía más difícil de reconocer.


Los arquitectos estamos entrenados para resolver problemas. Algo no funciona y buscamos la causa:


¿Hay una filtración? Encontramos por dónde entra el agua.

¿Una estructura necesita modificarse? Revisamos cargas y alternativas.

¿El presupuesto se excede? Recortamos, sustituimos, reorganizamos.

¿Algo sale mal en obra? Preguntamos qué pasó y cómo corregirlo.


Problema. Diagnóstico. Alternativas. Solución. Pasamos años entrenando esa manera de pensar.


Y después llegamos a casa y alguien que amamos nos dice: "Esto que estás haciendo me está lastimando", y hacemos exactamente lo que sabemos hacer:


Analizamos.

Explicamos.

Buscamos antecedentes.

Argumentamos nuestras intenciones.

Buscamos causas.

Intentamos reconstruir cómo llegamos hasta ahí.


Nos defendemos.


Porque estamos intentando resolver el problema cuando la persona que tenemos enfrente todavía necesita algo más simple y valioso que cualquier solución: ser escuchada y sentirse acompañada.


Hay dolores que no necesitan inmediatamente una respuesta. A veces necesitan algo mucho más sencillo:


Te veo. Te escucho. Entiendo que esto te está lastimando. Estoy aquí.


Una explicación impecable sobre nuestras intenciones no modifica necesariamente la experiencia de quien tenemos enfrente.


Podemos amar profundamente a alguien y, aun así, no saber hacer que esa persona se sienta amada. Y quizá ésa sea una de las contradicciones más dolorosas que podemos descubrir.


Los planos que nadie puede ver.


En arquitectura sabemos que una idea que sólo existe en nuestra cabeza todavía no es un proyecto.


Hay que dibujarla.

Explicarla.

Comunicarla.

Permitir que alguien más pueda verla.


Resulta extraño que podamos entender perfectamente este principio en nuestra profesión y olvidarlo en nuestra vida emocional.


Podemos tener a alguien incorporado en nuestros planes, nuestros sueños y nuestras decisiones sin habérselo dicho nunca con suficiente claridad, dándolo por sentado.


Podemos imaginar viajes, una casa, domingos, proyectos, años compartidos. Podemos incluso tomar decisiones pensando en ese "nosotros".


Pero la persona que amamos no tiene acceso a nuestros pensamientos. El amor que no conseguimos comunicar puede terminar pareciéndose demasiado al amor que no está.


No porque sean lo mismo. Sino porque, desde el otro lado, sólo puede vivirse aquello que efectivamente llega.


También dejamos de habitarnos nosotros.


El trabajo no sólo puede alejarnos de nuestra pareja, también puede alejarnos de nosotros mismos.


La presión económica, la incertidumbre, los clientes, los problemas de obra, la responsabilidad de tomar decisiones constantemente, el miedo a que el siguiente proyecto no llegue, la ansiedad del pago vencido de ese cliente que se fue de viaje y no responde el teléfono, la necesidad de producir, de mantener todo andando y buscar la manera de asegurar lo que viene; todo eso puede ir ocupando espacio lentamente.

A veces uno ni siquiera nota cuándo ocurrió.


Dejas de reír tanto.

Dejas de sorprenderte.

Dejas de hacer tonterías.

Dejas de estar ligero de pensamientos.


La cabeza está permanentemente resolviendo algo. Alerta.


Y un día puedes descubrir que la persona que vive contigo lleva tiempo conviviendo con una versión de ti que ni siquiera tú reconoces demasiado.


Quizá entonces aparezca una pregunta incómoda: ¿En qué momento dejé de ser la persona que también yo disfrutaba ser?


No para regresar artificialmente a una versión anterior de nosotros mismos, sino para reconocer cuánto espacio permitimos que ocuparan el miedo, la frustración, la ansiedad y el trabajo.


Arquitectura y relaciones personales: enfrentarnos a nuestras sombras.


Hay cosas de nosotros mismos que podemos trabajar solos, y debemos hacerlo. Nuestra pareja no tiene la obligación de repararnos, salvarnos o cargar con aquello de lo que nosotros somos responsables.


Pero también existe otra realidad: relacionarnos con alguien nos enfrenta a partes de nosotros que difícilmente aparecen cuando estamos solos.


Una relación puede convertirse en un espejo.


Nos muestra cómo escuchamos.

Cómo reaccionamos cuando sentimos miedo.

Cómo manejamos el conflicto.

Cómo pedimos cariño.

Cómo lo ofrecemos.

Cómo respondemos cuando alguien nos dice que le hicimos daño.


Y algunas de esas imágenes no son agradables. Podemos explicarlas, justificarlas o apartar la mirada; o podemos atrevernos a observarlas.


La otra persona no tiene que quedarse frente al espejo mientras nosotros aprendemos a hacerlo. Pero aquello que conseguimos ver gracias a esa relación puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para conocernos mejor.


Y hacernos responsables de lo que encontremos ahí, incluso cuando ya es muy tarde.


Habitar también es estar.


En arquitectura hablamos constantemente de habitar. Diseñamos espacios para comer, descansar, conversar, encontrarnos, trabajar, jugar, amar.


Pensamos en luz, recorridos, proporciones, materiales y experiencias.


Pero quizá deberíamos recordar más frecuentemente que habitar no es solamente ocupar un espacio. También es estar presentes en él.


Podemos diseñar la casa perfecta y estar ausentes dentro de ella. Podemos trabajar durante años intentando construir una vida mejor y descubrir demasiado tarde que dejamos de habitar la vida que ya teníamos.


El trabajo importa. Las metas importan. La estabilidad económica importa. Los proyectos importan. Construir un futuro importa.


Pero las personas que imaginamos dentro de ese futuro también necesitan encontrarnos en el presente, y sentirse igual de importantes.


Porque una relación tampoco se construye únicamente con grandes decisiones. Se construye con conversaciones, con atención, con deseo, con tonterías, con jueves tan inesperados que se disfrazan de domingos, con presencia.


Con decir lo que sentimos mientras todavía tenemos enfrente a la persona a quien queremos decírselo.

Con escuchar incluso cuando lo que escuchamos nos incomoda.

Con saber apagar la computadora.

Con ESTAR.


Quizá ésa sea una de las lecciones más difíciles para quienes hemos dedicado nuestra vida a proyectar: no basta con imaginar el espacio que algún día queremos habitar juntos. También tenemos que aprender a habitar el tiempo que tenemos hoy.


Y hacernos responsables cuando descubrimos que no supimos hacerlo, y enmendar.

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